
Antes de las inminentes aportaciones renacentistas, el gótico tuvo en la majestuosa catedral de Murcia un último, aislado y glorioso estertor. La arquitectura gótica de la catedral de Murcia despertó a finales del siglo XV de su letargo para dejar sitio a una creación espléndida y crepuscular: la capilla de los Vélez.
Esta construcción terminada a comienzos del siglo XVI aproximadamente, es un epígono de aquellas fundaciones privadas que solían adosarse a nuestras catedrales, como la de los Condestables de Burgos o la de Santiago, que encontraremos en Toledo.
Como también podemos ver en Burgos y en Granada, es una característica también aquí la importancia de los espacios centralizados y su adecuación a los usos funerarios. Estamos, sin duda alguna, ante una obra maestra arquitectónica de toda España.
Aquí, la capilla para el enterramiento familiar la promovió el adelantado de Murcia, Juan Chacón, y la terminó su hijo Pedro Fajardo, marqués de los Vélez. El autor era desconocido, aunque se suele resaltar su similitud con las obras que se hacían por la misma época en Portugal.
La capilla es exuberante, cuajada de decoración, aunque no se colocasen la mayor parte de las esculturas que estaban previstas. Hay en ella, destacado si se quiere por la casi ausencia del último gótico: alusión a torrecillas encastilladas (que recuerdan a las de la desaparecida chimenea del palacio del Infantado en Guadalajara), vegetación, elementos repetitivos que abren por completo un espacio, escudos, figuras de hombres salvajes, etc.
Es especialmente reseñable la cadena de piedra, sujeta con argollas, que rodea a media altura el exterior, como si se tratase de un zuncho destinado a impedir que jamás pudiera abrirse y arruinarse la alta capilla. La cade pétrea de los Vélez se ha convertido en una anécdota buscada por los turistas, como la rana de la Universidad salamantina.
La capilla de los Vélez bebe de sus antepasadas castellanas, aunque apenas tendría influencia local. Más tarde comprobaremos que, siguiendo una tradición que viene desde la antigua Roma, los notables murcianos del siglo XVI preferirían experimentar con formas nuevas para dotar de singularidad y magnificiencia sus lugares de nacimiento.
Foto Vía: JBRuiz